Una mañana cualquiera
con ventanas que bostezan
y enanos luminosos
parpadeando, inquietos
Tu lágrima, suspendida
entre sábanas
de purpurina con
suspiros por lentejuelas
Tu rostro húmedo, soñado
sobre la almohada
orlada del sudor
del que están hechos los sueños
Tu vientre, abierto,
con el perfume de un ángel
repiqueteando entre sus pliegues,
altar de sacrificio
Era una mañana cualquiera
de domingo intrascendente,
pero ya nunca el pasado
acuñará pesadillas
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