Oda por una ventana abierta


Ese largo despertar
mientras azules inconcretos
empañan el cristal desnudo.
Y el mar.
 
Esa sensación albar,
cuando tu piel, sucia de sueños,
recobra el poro dormido.
Y el mar.

Ese terco navegar
por los fracasos diarios,
sin rumbo, sorpresa o pasión.
Y el mar.

Esa forma de mirar
sudor, aliento y vida,
cuando exhausta susurras: "soy tuya"
Y el mar.
 

 Epílogo:

 Déjame, niña, tocar
 tus pezones agridulces,
 tu cintura de alabastro.
 Déjame, niña marchar
 como se marcha la arena,
 tan despacio..


No hay comentarios:

Publicar un comentario