Poema 31


Tu sudor enfebrecido
era la hoguera donde templaba
el acero de mi impaciencia.
La palidez de tu rostro
sobre la almohada convulsa,
iluminaba mi angustia.

Ahora, que mi esclava vuelve a darme
la prenda infinita de su sonrisa,
ahora que el color vuelve a las mejillas soñadas,
ahora creo de nuevo en Dios.

IKARA.

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