Tu sudor enfebrecido
era la hoguera donde templaba
el acero de mi impaciencia.
La palidez de tu rostro
sobre la almohada convulsa,
iluminaba mi angustia.
Ahora, que mi esclava vuelve a darme
la prenda infinita de su sonrisa,
ahora que el color vuelve a las mejillas soñadas,
ahora creo de nuevo en Dios.
IKARA.
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